Dándoles Posada

December 28, 2016

Dándoles  Posada

Elvira Arellano     (English Version Follows Below)

 

De José y María sabemos bastantes cosas.  De los pastores también, y de los reyes magos.  Pero se ha

 

escrito muy poco acerca del posadero que le dio refugio a esta familia migrante.

¿Cuál fue su nombre? ¿Su apellido?

Acuérdense que en unos cuantos días Herodes iba a desatar a la masacre de los inocentes.  Era una época de represión creciente. El Arcángel Gabriel había aparecido tanto a María como a José para decirles que su bebe iba  a ser el libertador de su pueblo.  Intentaban mantener el mensaje del arcángel como un secreto pero la noticia del nacimiento se había difundido por dondequiera.  Era un mensaje de esperanza para un pueblo que experimentaba una época oscura.

 Como  hemos aprendido, el niño Jesús vino para librar un pueblo de la opresión, por medio de librarlo de su falta de unidad. Jesucristo vino a librar a un pueblo que, en poco tiempo, se encontraría forzado a dispersarse por todo el imperio romano.  Les proporcionó las herramientas  para formar comunidades de resistencia y fe en los muchísimos lugares adonde se les había obligado a migrar. Las enseñanzas de Jesucristo les enseño abrir sus comunidades a otras personas que bregaban con otras, parecidas formas de injusticia.  Por este método, el movimiento de Jesucristo creció mucho más allá de pueblo de María y José. 

Por eso me puse a pensar del desconocido posadero durante esta temporada navideña.  Actualmente mucha gente habla del santuario. Ciudades enteras se están declarando que van a servir como santuarios para los inmigrantes indocumentados. Varias universidades han declarado que van a  ofrecerse como santuarios para los recipientes de DACA.  Cada vez más iglesias dicen que piensan seguir al ejemplo de la iglesia que me proporcionó la protección de su santuario hace diez años. 

El santuario de aquella iglesia me proporcionó mucho más que una protección temporal de los que me pretendían deportar y separarme de mi hijo.  Miles de personas acudieron a la iglesia para hablar y rezar conmigo. Miles expresaron su solidaridad.  Muchos de ellos eran indocumentados, pero no todos. Algunos de los que llegaron estaban lidiando con otras formas de injusticia que les preparó bien para ofrecer su solidaridad a los indocumentados. Sus visitas me enseñaron entender aquellas situaciones injustas. También me inspiraron con una gratitud humilde por sus visitas. Tantas personas me habían dado su solidaridad, que yo no les podría negar la mía a ellos.

Existe bastante temor entre los 11 millones de indocumentados, y entre nuestros familiares. Aun así, la lucha de los últimos dos decenios nos debe haber preparado bien para vivir en países extranjeros. Mientras que nosotros tenemos nuestros propios temores y preocupaciones, hay muchos aquí que se encaran con otras formas de injusticia.  Como la gente de tiempos pasados que fue forzada a migrar para salvar sus vidas, posiblemente no entienden ni siquiera los idiomas de los pueblos entre los cuales se encuentran obligados  a vivir. Pero nosotros debemos reconocer que ellos entienden la injusticia tan bien como nosotros la entendemos.  No estamos solos.

De veras que hemos logrado mucho desde el 11 de septiembre de 2001 cuando nos parecía que la nación nos miraba con recelos y sospechas. Si bien es cierto que Trump haya ganado las ultimas elecciones, también es el caso que más votantes votaron en contra de su mensaje de odio que a favor de él.  No estamos solos y no debemos actuar como si fuéramos solos. En esta coyuntura debemos extender nuestras manos a otros y organizar las comunidades de fe y resistencia en todas partes.

Hemos pasado años enteros hablando con otros acerca de las injusticias que nos afectan. Se ha llegado el momento de escuchar también. Tenemos la potencial de organizar un movimiento de solidaridad desde las bases sociales, comenzando con las comunidades donde actualmente vivimos.  El santuario no debe verse como un lugar donde esconderse, sino para organizar y vincular nuestras luchas con las de otra gente.

Tenemos una tradición de “dar posada” que celebramos durante la temporada navideña. Algunos de nosotros nos paramos fuera de la puerta cantando y otros adentro respondiendo con su propia canción. Eventualmente los de adentro oyen la canción de las de afuera, abren las puertas y todos entran cantando.

¡Que esto sea un tiempo de posada, cuando todas y todos escuchamos a todos y todas, y cuando nos tratamos mutuamente con respeto y solidaridad.  Sobretodo debemos juntarnos para hacer espacios de seguridad para los niños, o sea, la próxima generación de la lucha.  ¡Que cada cual de nosotros y nosotras ofrezca posada a todos  los demás!

En posadero en el evangelio no tiene nombre de modo que cada uno de nosotros y nosotras podamos identificarnos con él (o ella).  ¡Que el mensaje de esta semana sea:  Que todos seamos los “posaderos” de nuestros prójimos.   

 

Providing Posada

        By Elvira Arellano

 

We know about Joseph and Mary. We know about the shepherds. We know about the Wisemen. Yet very little is written about the innkeeper who gave this migrant family posada.

What was his name – or what was her name?

Remember that in a few days Herod would unleash the murder of newborn babies. It was a time of growing repression. The angel Gabriel had appeared to both Mary and Joseph to tell them this child of theirs would be a liberator for their people. They had tried to keep the angel’s message a secret but word of the birth had spread far and wide. It was a message of hope for a people facing dark times.

As we have learned, the baby Jesus came to liberate a people from oppression by liberating them from their own disunity, from the way they treated each other. Jesus came to prepare a people who would soon be forced into a diaspora throughout the empire. He gave them the tools to form communities of faith and resistance in the many places to which they were forced to migrate. The teachings of Jesus prepared them to open their communities to others who faced different but common forms of injustice. In this way, the Jesus movement grew far beyond the people of Mary and Joseph.

It is for this reason that, during this Christmas, I reflected on the innkeeper. Today, many people are talking about sanctuary. Whole cities are declaring that they will be sanctuaries for the undocumented. Universities are declaring that they will be sanctuaries for DACA recipients. More churches aer following the example of the church that gave me sanctuary ten years ago.

When I was in sanctuary I experienced much more than a temporary security from those who sought to deport me and separate me from my son. Thousands of people came to pray and speak with me. Thousands expressed their solidarity. Many of these were undocumented themselves – but not all. Some of those who came were facing different forms of injustice which prepared them to offer solidarity to the undocumented. Their visits opened my eyes to these different forms of injustice. I also became very humble and grateful for their solidarity. So many had supported me that I felt I had to return their support with solidarity.

There is much fear among the eleven million undocumented – and among our families. Still the struggle of the last two decades should have prepared us as the people of Joseph and Mary were prepared to live in foreign countries. While we have our own justified fears and concerns there are many here who face injustices in different forms. Like the people of old who were forced to migrate we may not understand the language of the people among whom we now live. We should know however that they know injustice as we do. We are not alone.

We have indeed come a long way since 9/11 when it seemed the whole nation was angry and suspicious of us. While it is true that Trump won the last election it is also true that more people voted against his message of hate than voted for it. We are not alone and we should not act as if we are alone. This is a time in which we need to reach out to others and organize the communities of faith and resistance everywhere.

We have spent years talking to others about the injustice we face. We must also listen. We have the potential to organize a movement of solidarity from the ground up, starting from the communities in which we now live. Sanctuary should not be a place to hide. It should be a place to organize, to join our struggle with the struggle of others.

We have a tradition of posada which we celebrate during this season. Some of us stand outside the door singing and others stand inside, responding to our song with a song of their own. In the end those inside have heard the song of those outside and they swing open the doors and they celebrate inside together.

Let this be a time of posada, a time when we listen to each other, a time when we treat each other with respect and with solidarity. Let us especially join together to make a safe place for the children, for the next generation in the struggle. Let each of us offer posada to the other.

The innkeeper in Scripture is anonymous so that each of us could identify with him or her. Let the message of this week inspire us to be each other’s innkeepers!

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